Regreso de la casa donde dejé mi piel. Ando despellejada, en carne viva, voy goteando la sangre que brota incansable sin coagular. No duele, el cuerpo tiene demasiadas costumbres aprendidas y ésto no es una excepción entre ellas. Pero si perdí la piel no fue en una sola batalla, más bien se trata de muchas escaramuzas, ellas encendieron este manto ahora inexistente. Algunos se preguntarán si hubo siquiera resistencia, y al pensar sobre ello estoy segura de que en mi interior si la hubo, aunque fue más agónica la sensación de perder la coraza al ramalazo de los tirones.
Mis ojos se mantienen alertas y con un inquietante pestañeo que marca los segundos del reloj, en el intento de no pervertir la noción de los minutos transcurridos.